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Repaso: Una leyenda mexicana - el origen del nopal

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Según cuenta la leyenda, había en 800 d.C. un grupo de tribu azteca que exploraba toda la tierra azteca en busca de un señal de su Dios, sobre dónde pudieran fundar la ciudad más gloriosa de toda historia azteca. Llevaban consigo su Dios de la guerra, el fuerte y el malo Huitzilopochtli, lo cual se acostumbraba demandar sacrificios humanos diariamente, y se dirigían hacia el sur.

Según la leyenda, un día sobre el año 1300, encontraron el gran lago Texcoco, rodeado de altas montañas, y donde había varias islas grandes y pequeñas. Las islas ya estaban ocupadas por tribus indios pacíficos.

No obstante, el cruel Dios de la guerra, Huitzilopochtli les obligó pelear, y con gritos fuertes repitió que - ¡Luchemos contra nuestros vecinos! ¡No puedo vivir sin sangre y sin muerte!

Día tras día había batallas horribles entre ellos, por los aztecas siempre fieles a su Dios favorito.

El sobrino pequeño del Dios se sentía horror sobre lo que pasaba a la buena gente del lago Texcoco. Cuenta la leyenda que día tras día crecía su deseo de encontrarse con el dios cruel, su tío, para hacerle prisionero, que no pudiera causar más aflicción. El sobrino se llamaba Copil, y se convertía tras varios años en un hombre atlético, hábil, bueno e inteligente.

Sin embargo, se cuenta que el dios brutal Huitzilopochtli había puesto espías entre la banda de los amigos del pobre Copil, y ya sabía en qué noche aquello empezó a cazarle al dios truculento. Obligó a sus tres sacerdotes un mandato terrible – que cazan le a Copil, tras la oscuridad de la noche, y que se le saquen su corazón de su cuerpo.

Dicen que esta noche se apretó sobre la tierra con sus sombras terribles. Los sacerdotes cruzaron las aguas del lago oscuro en canoa silenciosamente. Avanzaron sin ruido hacia el cuerpo de pobre Copil, durmiendo fatigado en el suelo del bosque.

El sacerdote Tenoch sacó un cuchillo hecho de piedra afilada, que había usado para matar a cientos de víctimas. Dice la leyenda que cuando partió el pecho de Copil, arrancó el corazón palpitante. Volvieron los tres sacerdotes en silencio a la isla, con su ofrenda sangrienta.

El Dios Huitzilopchtli mandó que se enterraran el corazón del pobre Copil debajo de las rocas grandes de una isla, entre las malas hierbas allí. Los sacerdotes leales obedecieron.

Comenta que la sorpresa de la mañana siguiente provocó un grito del dios. Al mirar a la isla, hacia las rocas, vio una planta verde con flores rojas que creció en el mismo sitio. Llamó a sus sacerdotes, los quienes explicaron que era el cactus nopal, crecido del corazón del sobrino. Y que como él, tenía fuerza y hermosura.

Texcoco sufrió un viento terrible de la furia del dios. Se dice que el valle se puso oscuro como una noche sin luna ni estrellas. Dicen que de las nubes se oyó la voz de Huitzilopochtli advirtiendo que se había vuelto a su puesto en el cielo. Tronó que la profecía de los dioses se cumplió.

Cuentan que los sacerdotes miraron a la isla de las rocas, donde brilló el sol, y cesó el viento. Hubiese recibido la señal esperada por cientos de años. En una rama del nopal, vieron un águila con una serpiente en el pico. En ese momento se enteraron que estaban en el lugar de edificar su gran ciudad, que se llamaban Tenochtitlán, por el nombre del sacerdote supremo. ¿Sabes de lo que me he dado cuenta? Ahora esa ciudad se llama México.

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Mito o Leyenda: El General y la peluca: transcripción del audio texto

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Edited by Vanessa de Elera, Tuesday 28 September 2010 at 19:07

Bueno, hay un cuento peruano que cuentan en Lima sobre la jerarquía del ejército. Se llama El General y la peluca. Y le voy a contar lo que pasaba. Estaban tres caracteres: el General, el Capitán y un soldado.

El Capitán era jefe del ejército norteño, y ya se hartaba del este soldado. Aquel soldado tenía fama de apostar en vez de hacer sus deberes. Tenía muy mala fama. A pesar de todos los castigos él seguía apostar. Su Capitán no sabía que podía hacer, entonces el Capitán le llamó el soldado a su oficina, Se puso en marcha a Lima al otro ejército para unirse con y servir al gran ejército del General.

Pues, el soldado se marchó a Lima, llevando una tarjeta del Capitán en que se lo dijo al General que el soldado se caracterizaba por apostador incorregible, un adicto a los juegos. Ese General se les conocía por un hombre de muy mal humor, muy gruñón, un calvo, y un personaje que no soportaba a los soldados ociosos.
Y con al arribo del soldado, el General le llamó a su oficina. Él leyó la tarjeta del Capitán con detenimiento y luego le empezó asustar al soldado con gritos fuertes. Le amenazó y gritó que se quite los juegos, o bien sufra las consecuencias.

Pues, al poco tiempo el soldado empezó sus trucos otra vez. A pesar de que el General había mostrado su enojo, no resultó nada. El soldado jugaba, apostaba con los otros y por fin seguía con sus hábitos malos.
A continuación de eso el General llamó el soldado a su cuarto y le amenazó otra vez, aún más ferozmente, que se quite los juegos, o sea desempleado. Pero el soldado le pidió una sola apuesta más con el General. Él se le apostó treinta dólares y su plazo en Lima que el General no se pueda quitar su peluca en público. El General pensaba en la apuesta. Si bien lo quite le ganaría el efectivo tal y como librarle del soldado molestoso. O si no, no pase nada. El soldado renunciará sus hábitos de apostar. De todos modos le parecía que no pudo ser vencido. El General se enfadó mucho. Se creía el soldado bien estúpido ofrecerle una apuesta tan tonta. Resulta que la próxima mañana el General quitó la peluca a la vista clara, frente de su ejército entero. Después de hacerlo, él tomó los treinta dólares del soldado y se le echó a la calle, bruscamente.

Dado que el soldado se dio la vuelta a su ayuntamiento norteño, el Capitán escribió al General, y le preguntó, ¿qué ha pasado?
El General se le contó la historia. Dijo que - ese soldado es idiota porque al final me pagó treinta dólares por quitarme la peluca, que no me había vencido para nada.
El Capitán suspiró en gran medida. Dijo que – sí, pero yo se le aposté cien dólares que ¡nunca lo quitaría su peluca, mi General!

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