Bueno, hay un cuento peruano que cuentan en Lima sobre la jerarquía del ejército. Se llama El General y la peluca. Y le voy a contar lo que pasaba. Estaban tres caracteres: el General, el Capitán y un soldado.
El Capitán era jefe del ejército norteño, y ya se hartaba del este soldado. Aquel soldado tenía fama de apostar en vez de hacer sus deberes. Tenía muy mala fama. A pesar de todos los castigos él seguía apostar. Su Capitán no sabía que podía hacer, entonces el Capitán le llamó el soldado a su oficina, Se puso en marcha a Lima al otro ejército para unirse con y servir al gran ejército del General.
Pues, el soldado se marchó a Lima, llevando una tarjeta del Capitán en que se lo dijo al General que el soldado se caracterizaba por apostador incorregible, un adicto a los juegos. Ese General se les conocía por un hombre de muy mal humor, muy gruñón, un calvo, y un personaje que no soportaba a los soldados ociosos.
Y con al arribo del soldado, el General le llamó a su oficina. Él leyó la tarjeta del Capitán con detenimiento y luego le empezó asustar al soldado con gritos fuertes. Le amenazó y gritó que se quite los juegos, o bien sufra las consecuencias.
Pues, al poco tiempo el soldado empezó sus trucos otra vez. A pesar de que el General había mostrado su enojo, no resultó nada. El soldado jugaba, apostaba con los otros y por fin seguía con sus hábitos malos.
A continuación de eso el General llamó el soldado a su cuarto y le amenazó otra vez, aún más ferozmente, que se quite los juegos, o sea desempleado. Pero el soldado le pidió una sola apuesta más con el General. Él se le apostó treinta dólares y su plazo en Lima que el General no se pueda quitar su peluca en público. El General pensaba en la apuesta. Si bien lo quite le ganaría el efectivo tal y como librarle del soldado molestoso. O si no, no pase nada. El soldado renunciará sus hábitos de apostar. De todos modos le parecía que no pudo ser vencido. El General se enfadó mucho. Se creía el soldado bien estúpido ofrecerle una apuesta tan tonta. Resulta que la próxima mañana el General quitó la peluca a la vista clara, frente de su ejército entero. Después de hacerlo, él tomó los treinta dólares del soldado y se le echó a la calle, bruscamente.
Dado que el soldado se dio la vuelta a su ayuntamiento norteño, el Capitán escribió al General, y le preguntó, ¿qué ha pasado?
El General se le contó la historia. Dijo que - ese soldado es idiota porque al final me pagó treinta dólares por quitarme la peluca, que no me había vencido para nada.
El Capitán suspiró en gran medida. Dijo que – sí, pero yo se le aposté cien dólares que ¡nunca lo quitaría su peluca, mi General!